LA ELEGANCIA, FORMA DE VIDA.

SER eLEGANTE

La ropa sirve para diferenciarse de los demás, para reconocer funciones y profesiones, para mostrar afiliaciones religiosas e incluso políticas, para dar a entender a qué clase social se pertenece y qué estilo de vida se sigue. Todo eso y mucho más comporta vestirse. El uniforme suele ser una expresión de autoridad que le ayuda a quien lo lleva a destacar entre la multitud. El modesto hábito de una monja anuncia cuáles son sus creencias. Los abogados y jueces de algunos países se cubren con prendas de seda y pelucas para manifestar la solemnidad de la ley. Las marcas caras, los tejidos sofisticados y los complementos elitistas son signos de distinción.

Pero cíclicamente pierden este atributo porque los estratos inferiores los asimilan hasta que desaparece su potencial simbólico. Esta mutación evidencia que las personas se visten de un modo similar para integrarse en un grupo. Se supone que las ideas de los individuos cuyo look no entra en la clasificación mayoritariamente aceptada son divergentes, por lo tanto, es habitual que generen desconfianza y que se les intente marginar. En cambio, las denominadas fashion victims y otros especímenes como los hipsters se someten sin demasiado criterio a las reglas de cada momento. En determinadas ocasiones, la ropa y sus accesorios llegan a ser una afirmación contra la política, la cultura, etcétera y también contra la misma moda. A pesar de que no contaban con un uniforme, en los punks originales se concentraba una serie de características: prendas rotas, imperdibles, peinados en forma de cresta… La diseñadora británica Vivienne Westwood desarrolló este concepto como una burla anárquica frente a la imagen convencional de mediados de los años setenta. Luego, el mercado engulló sus hallazgos y los despojó de cualquier carga ideológica hasta desnaturalizarlo. Hoy nadie se escandaliza por ello: es lo normal.

La presión para que cada sujeto se afilie a un colectivo es muy fuerte. En paralelo, enormes cantidades de género desembarcan en grandes cadenas de tiendas. No obstante, resulta extraño encontrarse por la calle a gente que vaya vestida exactamente igual. Pervive el esfuerzo por imponer una identidad propia: a través de la cosmética, la peluquería, etcétera. Allí donde la ropa se consigue fácilmente, este artículo sirve para comunicar, aunque la transmisión de información mediante la indumentaria no entiende de fronteras ni de civilizaciones ni de épocas. Sea como fuere, la abundancia en la oferta actual permite mentir sin problemas. Así, hay quien, gracias a estos elementos, juega con sus años, su oficio, su estatus e incluso con sus proporciones o su sexo. La labor de los creadores, en equilibrio entre el arte y el negocio, es propiciar estas experiencias. Los clientes proyectan sus fantasías sobre sus colecciones. Y si para ello hay que violentar principios y armonías –con tallas, colores, volúmenes, etcétera–, se destruyen los límites clásicos y se continúa adelante. Sin embargo, hay una propiedad que a lo largo del tiempo permanece ajena a embustes y artificios: la elegancia.

La moda, comprendida como la preferencia por el gusto sobre la pura necesidad, surgió en la Europa de finales del siglo XIV. Hasta entonces, las variaciones en los ropajes se explicaban por factores económicos y sociales, no por razones estéticas. En el instante en el que se puede elegir, entra en escena la elegancia, palabra derivada precisamente de este verbo en latín, eligere.

Por suerte para el consumidor común, enfundarse un traje Louis Vuitton, Duende Taurino o calzarse unos Louboutin no garantiza automáticamente la elegancia… Aunque ayuda, qué duda cabe. El árbitro de la moda en la época victoriana, George Beau Brummel, aseguraba que alguien poseía este don si conseguía que nadie lo recordase al marcharse de un sitio que estuviera muy concurrido. Más recientemente se ha convenido en resolver que lo elegante es escoger la ropa con inteligencia, ponérsela con cuidado y, después, olvidarse de ella, algo que se redondea con un comportamiento noble, pero a la vez discreto y sencillo. Entre los extremos que encarnan los compradores maduros angustiados por haber perdido la frescura de una juventud de ficción y los adolescentes empeñados en reproducir miméticamente a sus ídolos, conviene refrescar el comentario del escritor Francisco Grandmontagne: “La elegancia no consiste en que nos mejore lo que nos ponemos, sino en mejorar lo que nos ponemos”.


Hace unos días estaba trabajando y durante un rato me fijé en una de las personas que componían el equipo. Pensé: “¡Qué elegante va esta chica!”. Cuando estuvo a escasos metros de mí, se lo comenté, con una sonrisa en los labios y la satisfacción de encontrar a alguien con un look tan apropiado.

Lo que más me asombró fue su respuesta. Se preguntó: “¿Elegante? ¿Yo? Pero si no voy tan arreglada…”. La verdad es que, tristemente, la elegancia hoy en día está pasada de moda y sometida a una enorme confusión. Es una lástima pensar que si ellas no van con vestido de gala y ellos con esmoquin, ya no se puede ir elegante.

Además, como esas situaciones se dan cada vez con menos frecuencia, nos enfrentamos a un reto al estilo del más difícil todavía. La elegancia, más que nunca, está unida al respeto y al famoso saber estar, que tan popular fue hace un tiempo. Pero en realidad no es otra cosa que tener un don que ya alababa mi abuela: el de la oportunidad.

Ser elegante va unido a un conjunto de cualidades que hacen que esto se refleje en el look escogido y en un estilismo determinado. Soy detractor del todo vale y tonterías varias, como la que dicta que cada uno se muestra como es y otros comentarios que desencadenarían un debate interminable.

Siempre se puede escoger bien o mal, con egoísmo o generosidad. Si alguien se ha tomado la molestia de invitarnos a un evento –una boda o un acto similar–, ¿por qué no mostrar un poco de generosidad y, dentro del estilo de cada uno, presentarse acorde a la situación? Vuelvo a mi abuela: hay que ser oportuno.

Igualmente, si vamos a una barbacoa con amigos, ¿por qué no ser lo suficientemente elegante como para ponernos un look que no sólo diga: “Voy a estar cómoda como en el sofá de mi casa”, sino: “Voy a mostrarme guapa y feliz de estar aquí hoy”? Me parecen elegantes las personas que nos regalan cada día la mejor versión de ellas mismas y que, con su aspecto, tienen en cuenta todas las situaciones y momentos por los que pasan.

Y no, no me hace ninguna gracia que alguien vaya a la entrega de unos premios como si viniese del campo. No es que ese sea su estilo, lo que pasa es que el evento no le ha parecido suficientemente importante como para molestarse en arreglarse. Vemos, pues, que, para hablar de elegancia, las prendas concretas acaban siendo menos relevantes que sus combinaciones y la intencionalidad con las que estas se llevan a cabo.


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